De pequeño mi única diversión era hacer travesuras.
"¡Muchacho insolente y maleducado!"
Así me solía llamar mi maestra. Era algo normal, después de encontrar arañas en su abrigo o de clavarse una chincheta al sentarse en la silla. Las clases me aburrían y me divertía llamando la atención. También me divertía al ir al despacho del director, él nunca tenía ganas de enfadarse. Su castigo para mis múltiples delitos era siempre el mismo, debía sentarme en un sillón mirando a la pared durante una hora.
"Ay, Barto...A ver si así aprendes a aburrirte."
Pero nunca lo hice, quizás porque todas las veces que me senté en aquella butaca gigante lo hice con la consola que llevaba escondida en la chaqueta.
Yo vivía por aquel entonces en un orfanato que languidecía sus últimos días. Eramos tan solo cinco niños los que quedabamos allí. El caserón se caía a pedazos. En unos meses nos iban a trasladar a otra ciudad más grande, con más huérfanos. Como eramos tan pocos nos enviaban cada día a la escuela del barrio. Nancy, la cocinera, a penas conseguía que llegasemos a la mitad de la clase. Siempre que doblabamos la esquina intentabamos despistarla. Pero, ¡demonios!, como corría la Nancy.
No tenía amigos, al menos amigos de verdad. En los recreos me escapaba de la escuela y jugaba solo en estos jardines. Antes eran todavía más hermosos, pero yo no sabía apreciarlo...Mi juego favorito era combatir contra los árboles, como si de una guerra se tratase. Lanzaba piedras para hacer caer sus frutos, les quitaba sus hojas y con las ramas que les arrancaba les golpeaba el tronco. Yo era un soldado sin piedad y ellos eran el enemigo.
Una mañana, cuando ibamos hacia el colegio, encontré en el suelo un objeto pequeño y oxidado. Me lo guardé en el bolsillo y aguanté hasta el recreo para observarlo y descubrir qué era. Me escondí tras un arbol del parque y abrí la tapa rectangular que lo cerraba. Encontré un mecanismo desconocido. Comencé a girar una ruedecilla que había en su interior, y al accionar una palanca diminuta situada debajo de ella salió una llama azul y naranja.
Alejé mi rostro boquiabierto de aquel encendor. Durante unos intantes repasé lo que había visto, y con los ojos bien abiertos volví a accionar el mecanismo. Contemplé absorto la llama y sonreí.
"Un arma..."
En aquel recreo me deciqué a utilizarla. Arrancaba hojas y las quemaba hasta que desaparecían y en mi mano solo quedaba el tallo. Lo pasé tan bien que me olvidé del tiempo. El timbre de clase me sobresaltó cuando estaba en pleno proceso de tortura. Sin pensarlo salí corriendo hacia la escuela, dejando caer la hoja sobre las raíces de un arbol solitario, que crecía apartado del resto, rodeado de tierra estéril.
Estabamos en clase de matemáticas cuando oímos unas sirenas que se acercaban. La profesora corrió a asomarse a la ventana y todos le seguimos. De entre los jardines una columna de humo ascendía hacia el cielo. Un bombero vino a avisar de que nadie saliese de clase hasta que el apagasen el fuego. Mis compañeros comenzaron a murmurar entre ellos, unos inventaban historias de cómo habría sucedido, otros comentaban sobre posibles víctimas mortales, y otros simplemente se alegraban porque la clase había terminado antes de tiempo. Solo yo callaba, y recoradaba en silencio la hoja ardiendo.
Cuando los bomberos se fueron la profesora mandó que nos sentáramos.
"Con suerte solo ha ardido un árbol y el fuego no se ha extendido. La pena es que ese árbol era el más antiguo del parque. Mi abuelo me contó muchas veces cómo fue cuando lo plantaron. Con el se inauguraron estos jardines...era algo así como el padre de los demás."
Por la noche, cuando por fin todos dormían, salí de mi cama y me puse unas botas. Salí a hurtadillas por la escalera de incendios y corrí hacia los jardines. Todavía olía a madera chamuscada, y el olor aumentaba mientras me acercaba al árbol que había destruido. Solo él era negro como el carbón, la tierra que le rodeaba había frenado las llamas protegiendo así sus hijos.
Caí de rodillas frente a él y comencé a llorar. De pronto me pareció oir algo nuevo. No era el viento, ni las ramas moviéndose, ni una ardilla o un búho... Escuché atento y distinguí unos lloros parecidos a los míos. Eran los árboles, los arbustos y las flores del jardín, era su llanto por un padre perdido. Ahora eran huérfanos como yo.
Arrepentido miré hacia mis las manos. Me levanté y miré con lástima aquel árbol. Abrí los brazos y lo abracé con fuerza.
"Vuelve, por favor. Vuelve."
Unas gotas cayeron sobre mi, seguidas de una lluvia intensa y limpia. No tuve miedo, me sentía protegido. Cerré los ojos y abracé con más fuerza el tronco húmedo.
Cuando los abrí de nuevo ya era de día.Veía hojas verdes por todas partes, me sentía alto y fuerte. Me miré las manos y descubrí que algo en mí, sino todo, había cambiado. Tenía más de dos brazos, y estos eran largas ramas cubiertas de hojas y frutos. Mis piernas se habían convertido en un tronco robusto y mis pies, en pesadas raíces que se enterraban en la tierra. Ahora esta estaba recubierta de arbustos frondosos y flores frescas. Durante unos minutos me concentré en los latidos de mi corazón. No estaba asustado, sino todo lo contrario, los árboles y las plantas del parque tenían de nuevo su gran árbol y yo por fin tenía una familia.
"¡¡Sí!!"
Grité con todas mis fuerzas pero no oí mi voz. No me importó mucno. No se puede tener de todo...pensé.
H.



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