miércoles, 23 de noviembre de 2016

Ventanas

Quizás a mucha gente le puede parecer un edificio aburrido, sin gracia y poco acogedor. A primera vista puede parecerlo, un bloque de hormigón en medio de los colores del campus. Todo es gris, las paredes, los techos, las sillas, las mesas, las puertas,... Nada rompe la monotonía. 

Pero sin embargo, cuando uno hace vida en la Facultad de Comunicación va conociendo poco a poco el sentido de su diseño, empieza a enterderlo, y acaba siendo su segundo hogar en Pamplona. Todo es gris, sí, es cierto, pero es así para que los alumnos y la naturaleza que lo rodea le demos el color que el edificio necesita. 

Puede que lo que más me gusta de este edificio es su apertura al exterior. Está lleno de ventanas, grandes y pequeñas, horizontales y verticales, que dejan entrar la luz que alumbra los pasillos y enmarcan preciosos cuadros pintados por el exterior. 

Patio


CinemaScope


Pasillo de luz


Narciso



Rear window

Finalmente podriamos preguntarnos...¿que hay más bonito que mirar hacia arriba y siempre ver el cielo?




H.

lunes, 14 de noviembre de 2016

Iluminación


Algo tan sencillo como un lapicero, iluminado por distintos focos. 






Maravilloso.


lunes, 24 de octubre de 2016

Regalos del tiempo




A veces necesitas que alguien te lleve con una cámara hasta el ayuntamiento de Pamplona para fijarte bien en él. Tal vez de otra forma no repararías en los materiales del edificio, en sus formas clásicas, en la historia de esta pieza arquitectónica. Sin una cámara quizá no vieses tan de cerca a las figuras protagonistas del nivel superior de la fachada. Puede que ni si quiera hubieses avanzado unos pasos más entrando hasta la segunda puerta, y, de esta forma, te hubieras perdido un espléndido contraluz. 



La siguiente foto es una de las que más me gusta. Veo un edificio plagado de pequeños detalles y ornamentos. Con los órdenes de la arquitectura romana bien marcados, de abajo arriba dórico, jónico y corintio. Este clasicismo se convina ademas con elementos como los adornos de metal en los balcones, las figuras como los leones y escudos que evocan al medievo...En fin, veo en esta fachada una puerta a un mundo distinto, de ensueño y grandiosidad.




Nuestra mano amiga nos guía después, a través de calles estrechas, hacia el Museo de Navarra. ¿Lo ves allí al fondo? Al final de la esta calle, a la izquierda, se encuentra su entrada.



Llegamos por fin al museo, un lugar misterioso para mi, ya que nunca había estado. Me llaman la atención distintos objetos, obras y formas. Aquí os muestro algunas:

1. El mirador de Rivendel: No soy especial fan de 'El Señor de los Anillos', de hecho, creo que habré visto las películas dos veces máximo. Sin embargo, esos lejanos visionados bastan para traer a mi memoria aquel reino de los elfos, blanco y puro. Este es uno de los ventanales que encontramos en la terraza del museo. Ventanal puramente decorativo, con diversas formas partidas por un mismo patrón circular, recortado sobre un material fino y blanco como es el mármol. 




2. El grito de Apolo: el siguiente busto me recuerda a la finura de la escultura clásica. Adoro las sombras creadas por la luz, que colorean el mármol reluciente de dos colores opuestos, el azul frío en las sombras, y el amarillo cálido en las luces. Además la imagen reclama un plano contra plano, propio del cine: primero un escorzo de "Apolo", que llama a su amada (en el otro extremo de la mesa), y después otro plano igual, pero al revés. 


3. A la luz de las velas: de los dos cuadros principales este es el que más me gusta, y más concreta-mente este segmento del mismo. Me gusta el tratamiento de la luz, las sombras proyectadas, los colores, la atmósfera...Casi puedo sentir cierto calor por la vela que sujeto yo, en el interior de la capilla, y casi oigo la campana del monaguillo sonar con soltura. Este cuadro me transporta a ese momento, de introduce en el propio lugar de la acción, se crea un vínculo entre los personajes que se acercan y yo misma. 



Finalmente, he de decir, que esta experiencia está yendo muy bien...Ahora solo queda escribirlo. ¿Por donde empiezo...? Ah, sí. 

El Museo de la Univeridad de Navarra...


H.

martes, 4 de octubre de 2016

CLIC



Citando a un buen amigo:


"La realidad está continuamente creando escenas que desaparecen para crear otras nuevas. ¿Qué hay de las maravillas que nacen y mueren sin que nadie las haya visto? Son olvidadas."


Tenía razón cuando me lo dijo. No hay nada más fugaz que el propio tiempo. Desde que nos levantamos hasta que nos acostamos pasan por delante de nuestros ojos miles de instantes, insignificantes pero a la vez indispensables para el ciclo de la vida y su belleza. Las luz filtrada por la persiana al despertar, los arboles teñidos del amarillo del sol cuando amanece, las formas que dibuja el humo del cafe caliente... Son momentos a los que nos acostumbramos y que no ocupan el suficiente tiempo como para fijarnos en ellos.
Pero, ¿qué ocurre si observas la vida a través de un objetivo imaginario? Tus pupilas se dilatan esperando no perder ningún detalle, caminas despacio, examinando lo que te rodea y preguntándote cual será la siguiente maravilla que encontrarás. Y descubres que casi en cada minuto, en cada segundo, una obra de arte pasa delante de tus ojos.
Es entonces cuando decides luchar contra el tiempo. La fotografía es eso, una lucha contra la fugacidad del momento, capturar un instante e inmortalizarlo para siempre. Tiempo e imagen, dos polos opuestos se unen en un mismo término: una foto. Tengo delante un atardecer que se asoma entre árboles variados, al fondo colinas con un filtro violeta, sonido de pájaros y una brisa azotando la naturaleza con suavidad. Encuadro bien el momento y cierro y abro los ojos a la velocidad de obturación adecuada, convierto mis ojos en el objetivo de mi cámara. Casi oigo el clic de las cortinillas cerrándose. 
He capturado un ambiente perfecto, un instante en el tiempo, y ha quedado en mi memoria. 
Y me ha gustado.

H.

domingo, 25 de septiembre de 2016

Barto


 De pequeño mi única diversión era hacer travesuras.

"¡Muchacho insolente y maleducado!"

Así me solía llamar mi maestra. Era algo normal, después de encontrar arañas en su abrigo o de clavarse una chincheta al sentarse en la silla. Las clases me aburrían y me divertía llamando la atención. También me divertía al ir al despacho del director, él nunca tenía ganas de enfadarse. Su castigo para mis múltiples delitos era siempre el mismo, debía sentarme en un sillón mirando a la pared durante una hora.

"Ay, Barto...A ver si así aprendes a aburrirte."

Pero nunca lo hice, quizás porque todas las veces que me senté en aquella butaca gigante lo hice con la consola que llevaba escondida en la chaqueta. 

Yo vivía por aquel entonces en un orfanato que languidecía sus últimos días. Eramos tan solo cinco niños los que quedabamos allí.  El caserón se caía a pedazos. En unos meses nos iban a trasladar a otra ciudad más grande, con más huérfanos. Como eramos tan pocos nos enviaban cada día a la escuela del barrio. Nancy, la cocinera, a penas conseguía que llegasemos a la mitad de la clase. Siempre que doblabamos la esquina intentabamos despistarla. Pero, ¡demonios!, como corría la Nancy. 
No tenía amigos, al menos amigos de verdad. En los recreos me escapaba de la escuela y jugaba solo en estos jardines. Antes eran todavía más hermosos, pero yo no sabía apreciarlo...Mi juego favorito era combatir contra los árboles, como si de una guerra se tratase. Lanzaba piedras para hacer caer sus frutos, les quitaba sus hojas y con las ramas que les arrancaba les golpeaba el tronco. Yo era un soldado sin piedad y ellos eran el enemigo. 

Una mañana, cuando ibamos hacia el colegio, encontré en el suelo un objeto pequeño y oxidado. Me lo guardé en el bolsillo y aguanté hasta el recreo para observarlo y descubrir qué era. Me escondí tras un arbol del parque y abrí la tapa rectangular que lo cerraba. Encontré un mecanismo desconocido. Comencé a girar una ruedecilla que había en su interior, y al accionar una palanca diminuta situada debajo de ella salió una llama azul y naranja. 

Alejé mi rostro boquiabierto de aquel encendor. Durante unos intantes repasé lo que había visto, y con los ojos bien abiertos volví a accionar el mecanismo. Contemplé absorto la llama y sonreí. 

"Un arma..."

En aquel recreo me deciqué a utilizarla. Arrancaba hojas y las quemaba hasta que desaparecían y en mi mano solo quedaba el tallo. Lo pasé tan bien que me olvidé del tiempo. El timbre de clase me sobresaltó cuando estaba en pleno proceso de tortura. Sin pensarlo salí corriendo hacia la escuela, dejando caer la hoja sobre las raíces de un arbol solitario, que crecía apartado del resto, rodeado de tierra estéril. 

Estabamos en clase de matemáticas cuando oímos unas sirenas que se acercaban. La profesora corrió a asomarse a la ventana y todos le seguimos. De entre los jardines una columna de humo ascendía hacia el cielo. Un bombero vino a avisar de que nadie saliese de clase hasta que el apagasen el fuego. Mis compañeros comenzaron a murmurar entre ellos, unos inventaban historias de cómo habría sucedido, otros comentaban sobre posibles víctimas mortales, y otros simplemente se alegraban porque la clase había terminado antes de tiempo. Solo yo callaba, y recoradaba en silencio la hoja ardiendo. 

Cuando los bomberos se fueron la profesora mandó que nos sentáramos. 

"Con suerte solo ha ardido un árbol y el fuego no se ha extendido. La pena es que ese árbol era el más antiguo del parque. Mi abuelo me contó muchas veces cómo fue cuando lo plantaron. Con el se inauguraron estos jardines...era algo así como el padre de los demás."

Por la noche, cuando por fin todos dormían, salí de mi cama y me puse unas botas. Salí a hurtadillas por la escalera de incendios y corrí hacia los jardines. Todavía olía a madera chamuscada, y el olor aumentaba mientras me acercaba al árbol que había destruido. Solo él era negro como el carbón, la tierra que le rodeaba había frenado las llamas protegiendo así sus hijos. 

Caí de rodillas frente a él y comencé a llorar. De pronto me pareció oir algo nuevo. No era el viento, ni las ramas moviéndose, ni una ardilla o un búho... Escuché atento y distinguí unos lloros parecidos a los míos. Eran los árboles, los arbustos y las flores del jardín, era su llanto por un padre perdido. Ahora eran huérfanos como yo. 

Arrepentido miré hacia mis las manos. Me levanté y miré con lástima aquel árbol. Abrí los brazos y lo abracé con fuerza. 

"Vuelve, por favor. Vuelve."

Unas gotas cayeron sobre mi, seguidas de una lluvia intensa y limpia. No tuve miedo, me sentía protegido. Cerré los ojos y abracé con más fuerza el tronco húmedo. 

Cuando los abrí de nuevo ya era de día.Veía hojas verdes por todas partes, me sentía alto y fuerte. Me miré las manos y descubrí que algo en mí, sino todo, había cambiado. Tenía más de dos brazos, y estos eran largas ramas cubiertas de hojas y frutos. Mis piernas se habían convertido en un tronco robusto y mis pies, en pesadas raíces que se enterraban en la tierra. Ahora esta estaba recubierta de arbustos frondosos y flores frescas. Durante unos minutos me concentré en los latidos de mi corazón. No estaba asustado, sino todo lo contrario, los árboles y las plantas del parque tenían de nuevo su gran árbol y yo por fin tenía una familia. 

"¡¡Sí!!"

Grité con todas mis fuerzas pero no oí mi voz. No me importó mucno. No se puede tener de todo...pensé. 


Me llamo Barto, y esta es mi historia.  



H.



















lunes, 12 de septiembre de 2016

Joan Fontcuberta y Pierre Gonnord


Una gran mentira seguida de una gran verdad. 

La exposición burlona y extravagante de Fontcuberta fue algo inesperado. Aparentemente nos encontramos con la historia de un astronauta soviético perdido en el espacio de 1968, y con algunas de las constelaciones que el universo albergaba. Un hombre rodeado de su familia y amigos, aplaudido por los ciudadanos y fotografiado por la prensa de aquella época. Colocados en mesas observamos objetos que él utilizaba o que pertenecieron en su día a una expedición fallida. Una reproducción  de parte del cohete, una televisión con propaganda soviética, mapas de estrellas... En fin, un sin fin de huellas palpables del paso de Ivan Istochnikov por esta Tierra. 

Cualquier caminante que paseara absorto por la obra de Fontcuberta obviaría la veracidad de dichas imágenes y objetos. Y nada se le podría reprochar, ya que solo al principio se nos muestra la naturaleza de la obra del artista. En dos fotografías nos la resume: un retrato original en el que aparecen varias personas alineadas ante la cámara; y otra con una figura más, añadida, con un rostro idéntico al de Fontcuberta. Es entonces cuando comprendemos la gran mentira del artista, aunque el hecho de que lo sea no nos impide sumergirnos una y otra vez en cada detalle de su obra. 

El artista


Salimos de "Sputnik" y aparecimos en "Constelaciones". Mapas, fotografías de estrellas, fragmentos de rocas extraterrestres. Nos adentramos en el universo plagado de diminutos astros con luz propia, o al menos eso parecía en la sala en la que nos encontrábamos. Poco más y nos sentimos viajando por el espacio, sorteando asteroides e introduciéndonos en nebulosas. 

Saltando al hiper-espacio

Constelaciones

Fontcuberta nos narró, además de la de Ivan, otras historias, como la del científico Peter Ameinsenhaufen, el cual estudió especies curiosas de fauna que fueron apareciendo a lo largo de los años. Y aun conociendo la naturaleza falsa de la obra del artista, este consiguió que dudásemos ante los especímenes capturados en jaulas de cristal, paralizados de miedo por la extrañeza de sus cuerpos. 

Monarca de tierra y cielo

Dentro

Pero como dije al principio, no todo es ficción entre las paredes del museo. Todo lo contrario, este albergaba también una gran verdad: la verdad de la mirada. Pierre Gonnord captó las miradas sinceras de unos mineros al salir de la obra, después de largas horas bajo tierra. También captó las de los gitanos de La Raya. 
El valor de la mirada en las fotográfia une las dos temáticas. Cuando me detuve delante de cada uno de aquellos retratos, pude leer en sus ojos todo tipo de sentimientos, Y aún más en el vídeo proyectado, con gestos y movimientos que aumentaban la expresividad de los rostros. Impresionante. 

Minero

Gitano

Y con así terminó nuestro recorrido por el museo de la universidad. Fue una experiencia muy grata, gracias al valor artístico, creativo y emocional de las obras expuestas.