lunes, 12 de septiembre de 2016

Joan Fontcuberta y Pierre Gonnord


Una gran mentira seguida de una gran verdad. 

La exposición burlona y extravagante de Fontcuberta fue algo inesperado. Aparentemente nos encontramos con la historia de un astronauta soviético perdido en el espacio de 1968, y con algunas de las constelaciones que el universo albergaba. Un hombre rodeado de su familia y amigos, aplaudido por los ciudadanos y fotografiado por la prensa de aquella época. Colocados en mesas observamos objetos que él utilizaba o que pertenecieron en su día a una expedición fallida. Una reproducción  de parte del cohete, una televisión con propaganda soviética, mapas de estrellas... En fin, un sin fin de huellas palpables del paso de Ivan Istochnikov por esta Tierra. 

Cualquier caminante que paseara absorto por la obra de Fontcuberta obviaría la veracidad de dichas imágenes y objetos. Y nada se le podría reprochar, ya que solo al principio se nos muestra la naturaleza de la obra del artista. En dos fotografías nos la resume: un retrato original en el que aparecen varias personas alineadas ante la cámara; y otra con una figura más, añadida, con un rostro idéntico al de Fontcuberta. Es entonces cuando comprendemos la gran mentira del artista, aunque el hecho de que lo sea no nos impide sumergirnos una y otra vez en cada detalle de su obra. 

El artista


Salimos de "Sputnik" y aparecimos en "Constelaciones". Mapas, fotografías de estrellas, fragmentos de rocas extraterrestres. Nos adentramos en el universo plagado de diminutos astros con luz propia, o al menos eso parecía en la sala en la que nos encontrábamos. Poco más y nos sentimos viajando por el espacio, sorteando asteroides e introduciéndonos en nebulosas. 

Saltando al hiper-espacio

Constelaciones

Fontcuberta nos narró, además de la de Ivan, otras historias, como la del científico Peter Ameinsenhaufen, el cual estudió especies curiosas de fauna que fueron apareciendo a lo largo de los años. Y aun conociendo la naturaleza falsa de la obra del artista, este consiguió que dudásemos ante los especímenes capturados en jaulas de cristal, paralizados de miedo por la extrañeza de sus cuerpos. 

Monarca de tierra y cielo

Dentro

Pero como dije al principio, no todo es ficción entre las paredes del museo. Todo lo contrario, este albergaba también una gran verdad: la verdad de la mirada. Pierre Gonnord captó las miradas sinceras de unos mineros al salir de la obra, después de largas horas bajo tierra. También captó las de los gitanos de La Raya. 
El valor de la mirada en las fotográfia une las dos temáticas. Cuando me detuve delante de cada uno de aquellos retratos, pude leer en sus ojos todo tipo de sentimientos, Y aún más en el vídeo proyectado, con gestos y movimientos que aumentaban la expresividad de los rostros. Impresionante. 

Minero

Gitano

Y con así terminó nuestro recorrido por el museo de la universidad. Fue una experiencia muy grata, gracias al valor artístico, creativo y emocional de las obras expuestas. 




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