Citando a un buen amigo:
"La realidad está continuamente creando escenas que desaparecen para crear otras nuevas. ¿Qué hay de las maravillas que nacen y mueren sin que nadie las haya visto? Son olvidadas."
Tenía razón cuando me lo dijo. No hay nada más fugaz que el propio tiempo. Desde que nos levantamos hasta que nos acostamos pasan por delante de nuestros ojos miles de instantes, insignificantes pero a la vez indispensables para el ciclo de la vida y su belleza. Las luz filtrada por la persiana al despertar, los arboles teñidos del amarillo del sol cuando amanece, las formas que dibuja el humo del cafe caliente... Son momentos a los que nos acostumbramos y que no ocupan el suficiente tiempo como para fijarnos en ellos.
Pero, ¿qué ocurre si observas la vida a través de un objetivo imaginario? Tus pupilas se dilatan esperando no perder ningún detalle, caminas despacio, examinando lo que te rodea y preguntándote cual será la siguiente maravilla que encontrarás. Y descubres que casi en cada minuto, en cada segundo, una obra de arte pasa delante de tus ojos.
Es entonces cuando decides luchar contra el tiempo. La fotografía es eso, una lucha contra la fugacidad del momento, capturar un instante e inmortalizarlo para siempre. Tiempo e imagen, dos polos opuestos se unen en un mismo término: una foto. Tengo delante un atardecer que se asoma entre árboles variados, al fondo colinas con un filtro violeta, sonido de pájaros y una brisa azotando la naturaleza con suavidad. Encuadro bien el momento y cierro y abro los ojos a la velocidad de obturación adecuada, convierto mis ojos en el objetivo de mi cámara. Casi oigo el clic de las cortinillas cerrándose.
He capturado un ambiente perfecto, un instante en el tiempo, y ha quedado en mi memoria.
Y me ha gustado.
H.
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